A las 8:00 de la mañana, como prometía mi billete, aterrizamos en Tailandia. Tampoco había dormido mucho en ese vuelo y el cansancio acumulado ya iba siendo más que considerable. Aun así, una vez más, el sonido del sello al estamparse contra mi pasaporte fue como una inyección de adrenalina. Ya estaba en Tailandia y ese pequeño sello me permitía estar un mes entero recorriendo el país.

Visado en el pasaporte a la llegada a Bangkok.

Sello de entrada en Tailandia.

Recogí mi mochila, que llegó intacta (y menos mal, porque facturé el portátil, así sin miedo) y puse rumbo a la zona centro de Bangkok. Desde el moderno aeropuerto de Survarnabhumi se puede acceder fácilmente hasta allí en metro. Con una mochila de mano, otra “grande” de 9 kg y carteles bastante claros por todas partes, llegar hasta la ciudad no tuvo dificultad ninguna.

Casualmente, en el mismo vagón iba la chica que había estado justo detrás de mí en la puerta de embarque en Dubai, unas cuantas horas antes. Ella también viajaba sola. Nos lanzamos esa mirada que luego se repetiría constantemente, todos los días y en cualquier parte. Esa mirada amigable, casi siempre con sonrisa incluida. Esa mirada que dice “Ey! Hola, estoy viajando solo, si quieres hablamos”.

En poco rato ya sabíamos el uno del otro las respuestas a todas las preguntas típicas que se formulan justo después de esa mirada. Nacionalidad. Tiempo que llevas en el país (esa no hizo falta, habíamos venido en el mismo avión). Tiempo que tienes pensado quedarte. Sitios a los que quieres ir. Si ya habías estado antes o si es tu primera vez…

Poco después estábamos compartiendo un tuk tuk hacia una agencia para que ella comprara un billete de autobús hacia Chiang Mai. No llevaba más de cinco minutos en las calles de Tailandia y ya las estaba recorriendo en uno de esos peculiares vehículos. La cosa pintaba bien.

El transporte tipico de Tailandia: el tuk-tuk

Tuk-tuk en la zona de Khao San Road.

Como aun teníamos unas cuantas horas hasta las 12:00, momento a partir del cual se suponía que yo podía hacer el check-in en el hotel que tenía reservado para el primer día, dimos un paseo, mapa en mano, hasta la calle con el ambiente más mochilero de todo Tailandia: Kao San.

Estuvimos un buen rato caminando, mientras nos acostumbrábamos al sofocante y húmedo calor. Yo no podía dejar de mirarlo todo. Tuk-tuks, taxis de colores, moto-taxis y motos con más de dos personas y, a veces, con más de tres… Lo que tantas veces había visto en fotos y videos, ahora lo tenía delante de mis ojos. Sin una pantalla de por medio.

Finalmente llegamos a Kao San y la atravesamos de un extremo al otro. Eran las 11:00, aun quedaba una hora para hacer el check-in pero yo ya no podía ni con mi alma, así que nos despedimos e intenté probar suerte en el hotel. Ya había mirado en mapas donde estaba, por lo que no me costó nada encontrarlo. Hubo suerte. Antes de las 12:00 ya estaba duchado, con el aire acondicionado a tope, los mensajes de “ya he llegado, estoy bien” enviados y… listo para dormir todo lo que mi cuerpo necesitara.

Entrada del hotel roof view place de Bangkok.

Rood view place hotel. Bangkok.

A eso de las 16:00 o las 17:00 me desperté y oí en el pasillo. “Antonio, ¿cuál es la contraseña del wifi?” Salí y pregunté “¿Qué pasa? ¿Qué en Tailandia no se echa siesta?” Eran dos parejas muy simpáticas que también acababan de llegar y con los que luego compartí unas cuantas visitas a algunos de los puntos de interés de Bangkok. Incluso me invitaron a ir con ellos esa misma tarde, pero… yo aun necesitaba dormir más.

Me volví a despertar a las 20:00 o así, esta vez ya con más hambre que sueño. Así que cogí mi mochila pequeña y fui en busca de un puesto callejero donde iniciarme en el mundillo de comer en mesas inestables y banquetas de plástico, en medio de la acera. Y encontré el que luego ha sido uno de mis sitios favoritos para cenar. Un puesto con seis platos diferentes preparados por una agradable señora que me enseñó a decir “gracias” en thai y que aun me saluda cada vez que paso por allí (incluso hoy, después de 10 días sin pasar por su puestecito, se acordaba de mí).

Cenando en las calles de Bangkok

Uno de mis favoritos puestos de comida en Bangkok.

Comida callejera en Bangkok.

Noodles para cenar.

Mientras disfrutaba del sabroso plato, entablé conversación con un chico holandés de la mesa de al lado que me confirmó lo que yo ya intuía, que esa señora cocinaba genial. Y otra vez las preguntas típicas. El tipo llevaba tres meses en Tailandia, aunque más de la mitad de su vida la había pasado en otros países y le hizo bastante gracia que fuese mi primer día no solo en Tailandia, también fuera de Europa. Como la conversación pintaba interesante nos quedamos tomando una cerveza. Esa misma por la que hace unos meses pagué 4,20 € en un restaurante tailandés en Madrid. Cuando pagas casi 10 veces menos por ella, sabe mejor. Al final lo que había empezado como una rápida cena para seguir durmiendo se transformó en toda una tertulia sobre temas como la educación de los hijos (el tenía dos), el racismo, los viajes, el buceo (también había buceado por medio mundo), las relaciones de pareja, el trabajo, la felicidad…. La tertulia duró cerca de cuatro horas y las cervezas cada vez duraban menos. A las 2:00 de la mañana el cansancio se volvía a hacer fuerte, así que nos despedimos, nos deseamos suerte con nuestros planes, nos dimos la mano y las gracias por tan interesante conversación y, al menos yo, me volví a mi fresquita habitación con aire acondicionado, me tapé con la colcha y me dormí pensando en lo estupendo que había sido ese primer día a 13.000 kilómetros de mi casa.