Reflexiones Tailandia

Despegando

Por el 25/02/2018

Bangkok. Samsen Road entre el Soi 4 y el 2. En un bolsillo la llave de la habitación, en el otro solo un billete de 100 bahts, 2 euros y medio al cambio. Un puesto de comida en un lado de la acera, al otro dos mesas pequeñas con taburetes de plástico, pegadas al cierre metálico de una tienda. En una de las mesas, dos policías. Pido la cena y me siento. Casi a la vez, se sienta conmigo un señor, también tailandés, con su plato de comida. Arroz con carne y una salsa marrón, se lo aliña con lo que hay en la mesa, lo mezcla todo meticulosamente y se lo va comiendo demasiado despacio para el hambre que tengo yo. La cuchara siempre tiene arroz, un trozo de carne y lo va intercalando con los ajos y las guindillas que hay en la mesa. De vez en cuando, también me sonríe. Termina de cenar, me dice algo que no entiendo y adiós con la mano.

La dueña del puesto me dice algo, también en tailandés y señala hacia un lado, parece que hoy todo el mundo piensa que hablo el idioma.  Asiento con una sonrisa de no entender nada. Creo que quiere decir que la comida ya no va a tardar (ha llamado por teléfono cuando le he dicho lo que quería). Pienso en estudiar algo del idioma antes de mi siguiente visita.

En la mesa de enfrente, donde estaban los policías, ahora hay una chica tailandesa extremadamente guapa. Camiseta de color blanco con mangas hasta la mitad del antebrazo y pelo negro un palmo por debajo de los hombros. Pide una sopa. Cuando se la traen le echa dos cucharadas de chili seco, un líquido que no veo que es y azúcar. Lo remueve todo. Lo prueba y le pone otro poquito más de azúcar. Su mirada solo va de la sopa a un iPhone con una carcasa dorada brillante. También termina antes de que llegue mi plato y se va. Vuelvo a pensar en estudiar tailandés.

 

Comida callejera en Bangkok.

 

Por fin llega mi plato. Me lo como despacio. Siendo completamente consciente de cada bocado. Del humo que sale del fogón del puesto de al lado. De las 8 botellas de colores que tiene colocadas en una mini estantería. Rojo, naranja, morado, granate y azul. Una bombona de gas, también de color azul. Entre el metro de acera que queda entre las mesas y el puesto, pasa una familia hablando en francés. Van con dos niñas pequeñas de unos cinco años. Me encanta encontrarme familias con niños tan pequeños viajando.

Me tomo mi tiempo antes de levantarme. Estoy experimentando un sentimiento que ya he tenido antes. Mi cabeza, ya está llegando a Tailandia.

Pago casi la mitad de mi billete de 100. Pero creo que aun puedo comer algo más. Algo con sopa. Voy a otro sitio que está muy cerca. Mi puesto de siempre. Todas las mesas están llenas, pero una pareja de asiáticos (no tailandeses) justo se va y me pongo en su sitio. Un minuto después viene la señora a limpiar la mesa y se da cuenta de que la pareja se había dejado un móvil. Se acerca a la calle principal a ver si los ve, pero ya es demasiado tarde. Deja el móvil encima de una pequeña estantería de cristal, que tiene en el puesto y sigue cocinando. Yo sigo en mi mundo, observando todo cómo si nunca hubiese estado allí. Al rato vuelve el chico de antes con cara de susto y preguntando en un inglés precipitado por su móvil. La señora se lo devuelve con una sonrisa. Pienso en toda esa gente que me pregunta si es seguro viajar a Tailandia.

 

Cenando en las calles de Bangkok

 

Termino lo que queda de mi segunda cena, pago y me vuelvo al hotel. Tengo un poco de sed, no he pedido bebida con ninguno de los platos, así que antes de subir compro un café frío y un paquete con tres galletas oreo. La chica del 7/11 del turno de noche, que ya me conoce, me dice que tienen un 3×2 en esas galletas, que si quiero coger más. Le digo que no, que solo llevo 20 bahts. Le hace gracia, le tengo que parecer un tipo raro.

Vuelvo de camino al hotel, recorriendo esa calle que tanto parece sacada de una película para los que hemos crecido al otro lado del mundo. He pasado por allí montones de veces pero esta noche lo he hecho dejando que me vuelva a invadir ese sentimiento que tuve la primera vez que lo hice. Una mañana soleada de hace más de cuatro años, cuando tan solo llevaba unas horas en Bangkok.

Pasado y futuro dejan de existir. El presente se los come a los dos. Modo viaje activado. Mi cabeza llega a Tailandia. Reconexión. Ahora sí.

Que empiece el vuelo.

 

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